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domingo, 8 de enero de 2017

Tabarca; morir de amor. O donde va el amor cuando muere.



Caaaaambia, tooodo cambia. Caaaambia tooodo cambia, caaaambia tooodo cambia... Con la voz de Mercedes Sosa sonando de fondo y coreado a todo pulmón por un numero grupo de almas, contenidas, retenidas, hasta el límite la piel de sus cuerpos desnudos. Y que salen al exterior a través de sus voces .Y sus voces se encuentran en un espacio común de sonido coreando el estribillo. Caaaaambia, tooodo cambia. Caaaambia tooodo cambia, caaaambia tooodo cambia...
Las miradas de todos los participantes ofreciéndose y esperando ese contacto visual que te conecta y te hace vibrar y mecerte como los juncos verdes ,al unísono, en un tierno abrazo grupal .
Alguien me dijo alguna vez que ante las dificultades no sobrevive el más fuerte , ni el mas inteligente; sino aquel que tiene más capacidad de adaptación.

Unos días de ejercicios tratando de conectar cuerpo, alma y espíritu, en los que en los que el aquí y ahora es lo único que se pretende.
Vivir la vida presente dejando libre la mente, la emoción con la confianza de que el grupo me abriga, me ama, me estima, me aprecia y me valora.

Así empieza un relato desde mi soledad, convencido de  que es el estado natural de las personas. Con la lectura de Osho ,a ratos, como hilo conductor de un aprendizaje que es continuo e inacabable. Tras un fin de semana de retiro .Quizás de concentración en un microcosmos de emociones contenidas y liberadas.

Tras un fin de semana largo, que algunos llaman puente; no se cómo, pero me he dejado convencer para ir a la isla el sábado por la mañana y pasar la noche allí para regresar el domingo.

No estoy convencido de que el plan sea demasiado acertado. Sin embargo, la idea de ir a la isla y pasar una noche allí me atrae. Nunca había pernoctado en la isla. Por otro lado, la poca frecuencia de los barcos con un horario muy reducido de trayectos de ida y vuelta en invierno, no dan muchas opciones para moverse libremente.

Así que el sábado por la mañana me acerco a Santa Pola y cojo un pasaje en una lancha en dirección a la Isla de Tabarca. El día esta soleado, con una temperatura que ronda los veinte grados. Hace calor y tengo necesidad de quitarme el chaquetón y jersey con el que había salido de casa y quedarme en mangas de camisa. 



Es diez de diciembre y la travesía puede ser fresca y coger frío. Pero no resulta así, el mar dormido y tranquilo. La ausencia de brisa convierte el horizonte en una gran superficie cristalina como un gran gran espejo. Calma chicha le llaman algunos...


Salimos del puerto y en el camino, la estela, el surco que produce el motor de la lancha rápida en el agua me recuerda al de una potente eyaculación que no cesa y que riega un mar de deseo.


En poco minutos hemos llegado a la isla. Conecto el google maps para que me guíe hacia el hotel sin demora. Apenas dos minutos hasta llegar al hotel donde dejo el equipaje y salgo a comer.




Solo encuentro un chiringuito abierto extramuros. Unos cuantos turistas comen en la terraza al aire libre. Al sol cálido y tenue y con la vista en un horizonte de mar azul y tranquilo. Tan tranquilo que me recuerda las pinturas de Canaletto de paisajes venecianos. Solo que esto es real y natural.
Pregunto si tiene libre alguna mesa al sol para comer y enseguida me acomodan. Me siento cara al sol y disfruto de la caricia de los rayos solares y de la visión de un mar de plata. Quieto , inmóvil, sin olas... Me han servido unos calamares, un arroz a banda , una ensalada y un café. He terminado con la barriga demasiado llena y necesito dar un paseo.



Al terminar de comer ya son las tres de la tarde y siento necesidad de acercarme a lo que los isleños llaman El campo para reencontrarme con el sembrado de promesas de amor que había contemplado unos años antes.
Camino sobre un paisaje verde ,posiblemente favorecido por las lluvias de la semana pasada... Camino verde con un cielo azul limpio y sobre un mar que se funde con el cielo, sin apenas poder apreciar la linea del horizonte, en una inmensa calma.




Al llegar al torreón de San Pablo descubro con estupor que las paleras que lo circundaban están ¡¡muertas!!

PALERA, CHUMBERA. Opuntia maxima [Cactaceae] Cactus de hasta 2 metros de altura. Tallos de ramificación dicotómica, con forma de "pala", aplanados, suculentos, verdes y fotosintéticos. Hojas reducidas a espinas, cortas y muy finas (a veces más robustas y largas), de hasta 0,5 cm de largo. Flores amarillas, de hasta 6 cm de diámetro, con pétalos y estambres muy numerosos, ovarío ínfero. Fruto tipo baya, el higo chumbo o de pala.


Un paisaje desolador, las chumberas con aspecto famélico, reblandecidas, blanquecinas, como quemadas por un ácido. Apenas quedaban algunas pequeñas hojas verdes. He rebuscado tratando de de encontrar alguna de las inscripciones que hace unos años me hicieron bautizar el lugar como sembrado de promesas de amor. Pero no he encontrado ninguna.


Me he entristecido y me he sentido defraudado, desilusionado. Me pregunto como es posible tal destrucción. Me pregunto si la destrucción ha sido natural o se debe a la mano del hombre...


He buscado información en internet y parece ser que la única enfermedad desoladora para las chumberas es la cochinilla, la que se utiliza para extraer el carmín y el famoso aditivo alimentario E120. La misma cochinilla que en otro lugares se explota comercialmente. Por lo que he leído se ha convertido en plaga y está extendiéndose por las provincias de Almeria, Murcia y por lo que veo también Alicante.

Ya no se que pensar. Tras la desilusión , empiezo a razonar y a querer hilar la madeja... Las promesas , las inscripciones estuvieron expuestas al sol, al viento, a la lluvia y a la tierra. Acabaron fagocitadas por insectos que malversaron su Karma y quizás dejaron libres de ataduras el amor allí inscrito. Porque el amor que se basa en un soporte material tiene también fecha de caducidad y muere. El amor se vive y la vida se consume. Y me pregunto... ¿donde va el amor cuando su portador muere?

Regreso a la parte urbana de la isla dejando tras de mi la torre de San Pablo rodeada de una alfombra vegetal verde y de un azul celeste y marino sin frontera.

El sol comienza a decaer y empiezo a sentir frío... me voy al hotel y descanso un rato mientras trato de captar algo de señal de internet en mi teléfono inteligente.
Me asomo a la ventana y veo el cielo que se esta poniendo en tonos anaranjados y rojizos. Salgo a la calle y busco la zona occidental de la isla por donde el sol ha comenzado a bajar sobre el mar y se encuentra próximo a la linea del horizonte. Recorro las calas de esa parte de la isla donde existen acantilados y encuentro un lugar donde sentarme para contemplar la puesta del sol. El silencio invade todo el paisaje. Nada se mueve, salvo el sol que lo hace despacio, lento y proporcionando una gama de luces cálidas indescriptibles.



Tras la puesta de sol paseo sobre la muralla junto a la iglesia barroca, recorro la zona norte de la isla. Un silencio absoluto invade el espacio. Ni siquiera la brisa se mueve, ni el agua del mar rompe contra la muralla.




 En la soledad. Vigilado o acompañado por una abundante fauna de gatos en cualquier esquina, en cualquier rincón, sobre cualquier piedra o ocupando expectantes el centro de la calle. Me adentro hacia el pueblo y enfilo hacia el exterior del recinto amurallado. Por el istmo hacia el pequeño puerto. En la obscuridad el agua cristalina deja ver los peces de gran tamaño que producen pequeñas vibraciones en la superficie del agua. Hay algo de luna y se ve bastante.


Regreso al hotel porque tengo frio. Se me ha hecho tarde y me quedo sobre la cama dormido.







He puesto una alarma en mi teléfono para que me despierte a las ocho,  antes del amanecer. Quiero ver salir el sol sobre el horizonte marino.

Pero antes de que suene me jhe despertado y veo entrar la luz por la ventana. ¡¡¡ Ohhh!!! que se me hace tarde.

Salgo apresurado de la habitación, de la calle y de la zona urbana buscando los limites terrestres... y me encuentro que a la vez hay otras personas que corren hacia el este de la isla.

















miércoles, 28 de marzo de 2012

Tabarca; amores tatuados


Hoy he regresado a la isla de Tabarca. Por fortuna, el día ha sido espléndido y he disfrutado de una preciosa jornada primaveral. La travesía de apenas  treinta minutos en el pequeño  y vetusto barco ha resultado distraída y amena. Como amena ha sido la conversación  que nos ha dado el barquero, mitad en valenciano y mitad en castellano.
Con el sol elevándose sobre el horizonte y  de cara a nosotros , apenas se podía vislumbrar el perfil de la isla desde lo lejos. Me ha llamado la atención el perfil rotundo de la iglesia que destaca sobre todo lo demás y las dos torres. ¿Dos?, si dos. Parece ser que en la ultima intervención (no estoy seguro si ha habido alguna anterior), se le ha añadido o devuelto la segunda torre que yo no conocía...
El pequeño  puerto ha sido ligeramente mejorado en su  aspecto. Una escollera reforzada , pavimentos renovados y una cubierta textil a modo de terminal , imagino que, para proteger al visitante del sol de justicia del verano.
Ya en el interior del recinto amurallado se aprecia que han empedrado algunas calles y que existen muchos edificios nuevos o rehabilitados. De alguna manera se asemeja un poco más una población de corte turístico que a un pueblo semi-abandonado en medio del Mediterráneo.
Pero yo no quería extenderme en este aspecto. No son muy frecuentes mis visitas a la isla por eso algunos lugares mantienen en mi el recuerdo de las personas con las que, en su día visite la isla. Uno e esos lugares es el torreón que se encuentra en la zona despoblada de la isla y que en la actualidad tiene un uso similar al de cuartel de la Guardia Civil. Su rotundidad formal y su gran tamaño le hace destacar en el perfil de la Isla Plana.

En cierta ocasión visite la isla con mi hermano Juan Antonio, que de todo sabía un poco, y nos acercamos al torreón. Estábamos por allí mirando cuando se nos ocurrió subir la escalera y asomarnos a  la puerta que estaba abierta. A nuestro paso, salió un número de la Guardia Civil que “habitaba” el torreón. Mi hermano le preguntó que porque había tantas “chumberas” alrededor del torreón, a lo que el guardia respondió sin vacilar ni un segundo, que se habían plantado hace mucho tiempo como elementos defensivos... jejeje,  todavía recuerdo la cara de asombro que puso mi hermano .
Al bajar las escalera y dar un paseo por entre las chumberas, me explicó que la respuesta del guardia estaba de acuerdo con su punto de vista  y razonamiento de tipo militar, pero que él pensaba que , en realidad, se trataba de una plantación para el cultivo de la cochinilla. Un insecto que se empleaba principalmente para la extracción del colorante compuesto por dos sustancias conocidos como el carmín y el ácido carmínico.  Un tinte natural que, por lo visto con el desarrollo de otros productos químicos,  había  caído en  desuso.
Pero hoy, al pasar por esta zona de la isla, he recordado con nostalgia a mi hermano ya fallecido. He visto las chumberas en medio de una pradera verde y un día soleado con un horizonte azul del mar Mediterráneo y  de aguas cristalinas que caracteriza el entorno de la Isla. He observado las chumberas cuando caminaba en dirección a una casa en estado ruinoso que había no muy lejos de allí. He mirado con detalle las grandes hojas que algunos llaman “ palas” y he visto que muchas de ellas se encuentran “tatuadas”. Tatuadas de alianzas amorosas. Tatuadas con dos nombres, uno de hombre y otro de mujer con una fecha que indica cuando se realizo la siembra...
La chumberas, además de ser elementos de defensa militar, alimento de la cochinilla del carmín; también son ahora un sembrado de  promesas de amor ...Amores declarados al viento y al mar .